El diez no es siempre un número perfecto

Llevo todo el día pensando en ti. Debo reconocer que cada año intento olvidarme de esta fecha, borrarla de mi cabeza, el día, el mes, el año y todo aquello que me tocó vivir y sobrevivir. Todo aquello que aún sobrevivo.

Aquella llamada mientras estaba en la ducha, mi pensamiento de: ¡será impaciente! Mi corazón desbocado al ver un número largo, muy largo en el móvil y tener un presentimiento, saber lo que ha pasado sin saberlo, llamar casi sin poder hablar, que te digan la mentira que oculta una verdad que mi cabeza empezaba a no poder asimilar, un taxista que te ve tan afectada que ni siquiera quiere cobrarte, un montón de hombres con bata blanca que no me dejan entrar en tu habitación, me llevan a una sala y me dicen que lo sienten mucho, que no saben qué ha pasado. Y yo les digo que cómo puede ser eso, ¿no son médicos? Solo tengo una cosa en la cabeza: quiero verle. No me importa lo que digáis, no me importa que no sepáis responder a mis preguntas, quiero ir a verle.

Y entré y parecía que dormías, tu expresión era de calma absoluta y mi primer impulso fue despertarte. Tu piel estaba fría. Te acaricié, te di un beso en la frente, te cogí de la mano, vi que allí ya no estabas tú, aquello ya no eras tú. Y dolía TANTO.

Dar semejante noticia a tu compañera de vida, luego a mi hermana y luego a toda la familia, amigos, dar una noticia que ni siquiera te crees.

Despedirme de ti. De tu cuerpo. De ese cuerpo que me dio la vida, que me sostuvo en sus brazos, que me dio la mano tantas veces, que me abrazó. Ese cuerpo sobre el que me encantaba acurrucarme, que me encantaba cuidar siempre y que de repente había dejado de funcionar.

No quería separarme de aquel cristal tras el que te colocaron, con tu cara de paz, casi sonriente. Y saludé a mucha gente, lloré, abracé… pero casi no recuerdo nada de aquellos dos días. Recuerdo la despedida final en aquella sala gris y fría en mitad de la que colocaron el ataúd. Lo acaricié y me despedí. A los dos o tres días recogimos tus cenizas que siguen donde las colocamos, donde pudiéramos verlas, porque no estábamos preparadas para decirte adiós del todo. Y diez años después, todo sigue igual.

Han sido años muy duros, especialmente los primeros. No fue un luto fácil, no nos lo has puesto fácil. Ha habido rabia, enfado, tristeza, ha habido rupturas irreparables y otras que el tiempo dirá cómo han sido. Ha habido sorpresas desagradables, ha habido dolor. Pero el tiempo va poniendo a todo y a todos en su lugar.

Te has perdido muchas cosas y te vas a perder muchas más. Cosas que te hubieran hecho feliz a ti y a mí, además de feliz, orgullosa. Me quedaré con las ganas de que me lleves al altar. Me quedaré con las ganas de verte sonreír a tus nietos. No sabré lo que es que vengas a comer un domingo a mi casa y servirte el café.

Necesito tu consejo, necesito contarte muchas cosas, necesito tu experiencia, tu cariño, tu mirada de orgullo. Necesito pedirte favores que solo puedo pedirte a ti. Necesito mirarte a esos pequeños ojos verdes traviesos. Necesito que discutamos como siempre, me has llegado a decir cosas muy duras pero nunca me amedrentaba, siempre te plantaba cara y eso seguiría igual.

Pero desde hoy hace diez años lo único que hago es mirar al cielo, mirar al mar, mirar al verde del bosque, y llamarte en silencio, hablarte en silencio, echarte de menos en silencio. Y esperar una respuesta que no llega nunca como espero, como me hace falta.

Han pasado diez años sin ti pero se me antojan mil vidas. Te echo de menos, cada día. No sé si llegará el día que sea menos pero me da que eso ya es algo que forma parte de mí y que me acompañará siempre. Como tu no presencia en este mundo, como tu eterna presencia en todas partes.

Te quiero, papi.

 

← Entrada anterior

2 Comments

  1. Cristina

    Precioso recuerdo de una dura despedida…
    Él siempre estará ahí.

  2. sandra

    Sin palabras me has dejado..precioso Tata. T quiero.

Deja un comentario