El amor es algo tan sencillo y a la vez tan complejo… ¿no te parece?

Ayer estaba durmiendo a los niños y siempre pasa un ratito en el que ellos bajan revoluciones contándome cosas, cosas que flotan por sus cabecitas y que pueden ser del mismo día o de días e incluso semanas anteriores. Es un momento que me gusta mucho y que ha llegado con el habla y sé que irá a más. Lo estoy deseando a pesar de que no se callen ni bajo el agua. Para eso son hijos míos, digo yo, ¿no?

El caso es que estaba durmiéndoles y cuando ya caían, la niña me preguntó: M’estimes, mami? (¿Me quieres, mami?). A lo que yo le respondí: T’estimo moltíssim! ¡Te quiero muchísimo! (sí, le respondí en los dos idiomas porque soy una friki, qué se le va a hacer, amigas). Y me dio por pensar. Porque eso es lo que hago mientras se duermen, pensar, porque es eso o me duermo.

Puedo afirmar que les quiero con toda mi alma por lo que son, por las personitas en las que se están convirtiendo, por sus personalidades y su carácter y porque son lo más bonito y perfecto que haya hecho jamás. Lo afirmo ahora, en este momento.

El amor por mis hijos es, en mi caso, algo que empezó siendo irracional e instintivo, algo puramente animal. Es un amor mezclado con la necesidad imperiosa de protegerles de cualquier mal. Cualquier-mal. Cualquiera. El que sea. Modo leona.

Siempre lo digo, eso de estar embarazada y decir “no os conozco y ya os quiero más que a nada” no va conmigo. Yo lo que sentía allí era un puro instinto animal de protección, un “no toques a mis crías o te destrozo”. Y así fue desde que nacieron y hasta la fecha.

Luego empecé a conocerles, después del infierno del postparto, cuando me recuperé un poco a mí misma y dejé de verlo todo más negro que el carbón. Cada uno individualmente, con sus gestos, su personalidad, sus manías, sus voces balbuceantes, luego con sus primeras palabras. Sus primeros “mami” que te hacían sentir el centro del universo. En ese proceso es donde para mí empieza el amor. El de verdad.

Te enamoras de alguien cuando le conoces y la química obra sus pequeños milagros, su magia. Con tus hijos la química está asegurada porque ese vínculo animal del que te hablo es ineludible, pero además te enamoras de ellos como seres individuales y únicos. Y eso va in crescendohasta lo que yo supongo que será el infinito y más allá.

Pero no todo es perfecto. Como en cualquier amor, hay cosas que te gustan más y menos, que toleras más y menos, que te sacan más y menos de quicio del otro. Y eso es mutuo. Lo que pasa es que por suerte ellos todavía no lo pueden decir, pero todo se andará. Y tal vez sí sea perfecto. Porque lo perfecto es que no lo sea, ¿no te parece? A mí sí.

Uno no se para a pensar en el amor a menudo, lo da por hecho. Es un error. El amor se cultiva, se cuida, se mima, se cría, se cuece a fuego lento como un caldo delicioso que jamás se termina. El amor nunca se sufre. Si el amor se sufre no es amor. Es sufrimiento. Hay que discernir las distintas emociones, hay que diseccionarse a uno mismo para conseguir eso que intentamos enseñarles a nuestros hijos, ponerle nombre a lo que sentimos, e intentar encontrar el camino que nos ha llevado a sentirlo. Solucionarlo. O asimilarlo. Y seguir.

Eso sí, al amor no le busques un porqué. El amor es o no es. Existe o no existe. En todas sus variedades, tamaños, en todas sus tonalidades.

El amor es amor.

El amor es.