¿La suerte de trabajar en casa? ¡Y un cuerno!

Ah, eres autónoma, ¿trabajas en casa? ¡Eso es una suerte!
Esa frase. Esa maldita frase hace que salga lo peor de mí.

Amiga mamatónoma, tú me entiendes, ¿verdad? Estoy segura de que la has escuchado alguna vez, probablemente varias. Yo ya he perdido la cuenta. Al principio intentaba explicar a la que me lo dijera que estaba muy equivocada, luego la ira empezó a no permitírmelo.

Una autónoma que trabaja en casa

Soy traductora. También escribo textos para quien me los pide. Soy autónoma, o como se dice ahora, y suena mucho más cool, soy freelance. Trabajo desde mi casa, algo que antes de tener hijos era genial. Me costó acostumbrarme y no está hecho para todo el mundo pero a mí me gusta(ba).

Trabajar en casa, al nacer ellos, pasó a ser un infierno y aunque dos años después la cosa ha mejorado exponencialmente, han sido dos años durísimos a nivel mental y profesional.

Pobre ilusa de mí

Yo fui una de esas soñadoras, engañadas por lo que había visto en las redes, esas preciosas fotos de Instagram, esos blogs de supermamás emprendedoras y esa mandanga que envuelve todo en un aura de perfección y de vida de ensueño. Me lo creí todo. Me imaginaba trabajando con una taza de té caliente, un bebé tranquilo durmiendo en una minicuna a mi lado durante la mayor parte del tiempo, haciendo pequeños parones de pocos minutos para darle teta y que así volviera a dormir, en su cuna, claro. Todo ello ambientado en un despacho de estilo nórdico en el que la luz es siempre perfecta.

Nada más alejado de la realidad.

Tuve dos bebés, no uno, DOS. Dos bebés que necesitaban el contacto y calor de mi cuerpo o no dormían, la cuna tenía pinchos, el cochecito, también. Las sesiones de teta fueron una tortura eterna durante meses. Lloraban. Uno, otro, los dos. Dos brazos no eran suficientes. El postparto, ese que no dura 40 días sino lo que le da la real gana, no ayuda. No ayuda nada. Trabajar se convirtió en misión casi imposible. Ya ni comento el resto de factores del sueño porque pa’ qué.

Y llega la frase

Estaba rayada porque quería a mis hijos pero me apasionaba mi trabajo. Eso ya sin meternos en que es obvio que hay que pagar facturas, comer, subsistir, esas minucias. Me machacaba porque me ofrecían proyectos que no podía aceptar. Empezaba algunos y tenía que ser sincera y decir que no podía antes de que fuera tarde. Llegaba a otros pero sintiendo que no era suficiente.

De repente me di cuenta de que mi vida profesional, a la que dedicaba una media de 10 o 12 horas diarias (y muchos findes), había quedado reducida a la nada. La lucha interna era brutal. Estaba metida en mi despacho escuchando llorar a mis hijos (unos bebés de cuatro meses por aquel entonces) al final del pasillo. Mi cuerpo me pedía mandarlo todo a la mierda para irme con ellos y mi cabeza me decía: no puedes perder un cliente ahora, Noe.

Me pasaba (y me paso) casi las 24 horas metida en casa. Bebés, trabajo, más bebés. Nada de salir o socializar si no es de forma electrónica, mi mundo más que nunca se concentraba entre esas cuatro paredes que ni siquiera tenía vida para mantener en el orden y limpieza que me gustaría.

Y llega la iluminada de turno y te dice: ¿trabajas en casa? ¡Qué suerte! Y tú quieres asesinarla con tus propias manos. Sin piedad.

¿Esto ya es para siempre?

Pues no, por suerte es temporal. Ha mejorado muchísimo. Mejorará más.

La bendita guarde (o escuela infantil como me haría decir mi hermana con toda la razón), la buena coordinación con Marta, el acostumbrarse a ser madre, el conocer a tus hijos (eso lleva bastante tiempo) y saber cuáles son los mejores momentos para desaparecer y aquellos en los que mi presencia es más necesaria, son factores que ayudan a mejorar la situación. A controlarla y no dejar que sea ella la que me controle.

También hay cosas que después de dos años no han cambiado.
El tiempo nunca es suficiente, la concentración a veces llega cuando se me acaba el tiempo. Paso muchos nervios, ansiedad, me preocupa el futuro que, además, ya no es sólo mío, lo que no ayuda nada.

Es probable que algún día vuelva a alegrarme de trabajar en casa (eso si consigo seguir haciéndolo, que está por ver). De hecho, a veces creo ver la luz al final del túnel pero lo que he sacrificado a cambio de todo este tiempo a medio gas puede costarme la profesión. Me gustaría ser una de esas madres abnegadas que dicen lo de “habrá valido la pena por ver crecer a mis hijos” y todas esas cosas pero por desgracia eso no va conmigo.

La doble batalla madre-traductora es solitaria y no promete un final feliz. Pero tengo que seguir luchando un poco más antes de rendirme. Por mí, porque si trabajas haciendo lo que te gusta, eres feliz y haces feliz a los que te rodean, y por ellos, que crecerán viendo que trabajar no sirve sólo para ganarse la vida, puede formar parte de ella y no ser la tortura que hace que la gente suspire el “por fin es viernes” sino algo que te completa y hace que sientas que puedes convertir en viernes cualquier día.

 

 

 

 

 

 

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2 Comentarios

  1. Anna

    Creo que desde el principio fuí de las que te dije que currar en casa para mi sería una putada, y mas aún con los peques orbitando por ahí, por suerte tu fuerza de voluntad triplica la mía y gracias a eso sigues trabajando en lo que te gusta, ánimo, vendrán tiempos mejores y la calma se volverá a instaurar en tu casa, pero amiga mía aún te quedan un par de años de locura por delante.

    • Sí, a ver cuánto dura lo de trabajar en lo que me gusta, pero de momento aquí sigo 🙂 Sé que aún queda locura pero con que vaya disminuyendo un poco me conformo. Los momentos de locura molan más si se combinan con momentos de cordura. LU

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